En el reciente y presente tiempo que vivimos, muchas de las cosas importantes y trascendentes de la cotidianidad colectiva han cambiado.

«Cuando un margen caía o un tejado se derrumbaba, no se paraba hasta que se rehacía, las paredes de casa se rejuntaban y se espolvoreaban con cal, al menos la cabaña siempre daba gusto, todo se podaba y se procedía a desherbar, sólo los páramos se mantenían salvajes para tener a mano los pastos y las plantas medicinales necesarias para los animales y las personas».

Marges caiguts
Márgenes caídos al término del Talladell.

En cada momento histórico, las prioridades sociales cambian. Si antes las cuestiones locales propias del país y de la tierra tenían una importancia capital, hoy las cuestiones más generales de todo tipo son las que importan.

El hombre necesita creer en fantásticas teorías y conspiraciones universales, al tiempo que no se da cuenta de la conspiración cierta, cercana y real, que sufre un valor colectivo como es el paisaje y el territorio. La conciencia hacia el deber colectivo de velar por los elementos propios del patrimonio rural y natural, ha pasado a peor vida.

paisatge1
Movimiento y replanació de tierras en el término de Tàrrega en la carretera de Sant Martí.

La antigua sociedad tradicional tenía claro que el paisaje, el patrimonio y el entorno rural era un bien comunal de todos. Quién lo olvidaba o destruía, era objeto de una censura social que ocurría en una obligación moral, y que obligaba a actuar para mantenerlo. Hoy, a pesar de que las normas europeas definen el paisaje como «un elemento esencial para el bienestar individual y social, la protección, gestión y planeamiento comportan derechos y deberes para todos», una buena parte de nuestra sociedad, no lo percibe como un bien colectivo, sino como un estorbo, de la que la propiedad es dueño y señor, y puede disponer, hacer y deshacer como convenga.

Sin una mínima conciencia social, las normativas legales preventivas para la protección del paisaje aprobadas por las administraciones nacionales o municipales, sirven de bien poco. Incluso, empresas constructoras y agrarias que conocen perfectamente la legislación ambiental, no tienen ninguna objeción en roturar, deforestar y rellanos terrenos forestales protegidos, enfrentándose a sanciones de 200.000 euros.

Alzina
Encina centenaria al término del Talladell.

Hace diez años, el Parlamento de Cataluña aprobó la Ley del Paisaje con el fin de: «Preservar los valores naturales, patrimoniales, culturales, sociales y económicos del paisaje de Cataluña en un marco de desarrollo sostenible». Pero en un año en Lleida, los agentes rurales han tramitado 35 denuncias por no haber pedido autorización para convertir terreno baldío en cultivable. (Segre 19 de septiembre de 2015 p. 17)

También en 2005, el Ayuntamiento de Tàrrega aprobó el «Plan de Ordenación Urbanística Municipal», que delimitaba y concretaba qué áreas de suelo no urbanizable había que preservar y proteger por su riqueza y diversidad paisajística y/o ecológica, con el objetivo de velar por la: «Preservación de un entorno y de un paisaje de calidad, de la biodiversidad, de las zonas innundables, los corredores biológicos y los grandes espacios libres».

En Tàrrega, a otro nivel también suceden problemas similares. El POUM delimita gráficamente sobre planos a escala, las zonas protegidas de interés ecológico o paisajístico, así como las zonas de reserva afectadas por infraestructuras viarias o de interés público.

Y otra vez la administración llega tarde. Lo que debería ser la norma, es la excepción. El movimiento de tierras, es una actividad, siempre sometida a la preceptiva licencia o permiso de obras por parte de la administración pública. Demasiado a menudo pero, una «transformación o mejora» de fincas, se efectúa sin autorización. Cuando estos movimientos de tierras afectan a los diferentes tipos de suelos que el POUM delimita y protege, el mal hecho es irreversible e irreparable, y difícilmente detectable y/o comprobable.

¿Qué habría que hacer para evitar que unos pocos se apropien y dañen impunemente un paisaje que es de todos?

En primer lugar hay información. Algunos propietarios, empresas o colectividades, actúan sin disponer de la información sobre la calificación del suelo donde actúan, e ignoran la obligatoriedad de las actividades deben ser sometidas a la preceptiva autorización y permiso de obras administrativo.

En segundo lugar se ha de mejorar la inspección, y sobre todo las actuaciones preventivas: las aplicaciones de Google Earth pueden ser muy efectivas para comprobar las realidades físicas alteradas. También la información, como la que se ha hecho pública en la prensa, (Segre del 24 de septiembre, p. 20), donde se anuncian 60 hectáreas de nuevos cultivos en el término de Tàrrega, debería hacer mover ficha a nuestro Ayuntamiento para que de acuerdo con los promotores, las cosas se hagan bien hechas, y a satisfacción de todos.

Paisatge2
Márgenes caídos en el camino de la Torre Morlans. Tàrrega.

Y en tercer lugar, haría falta más transparencia e información pública: los ciudadanos tendrían que acceder a la información de las licencias de obras concedidas, preservando la identidad y los datos personales de los afectados.

«Caminar por los caminos del territorio debe seguir siendo una experiencia agradable. No nos deberíamos encontrar que, aquella preciosa servera o aquella magnífica encina, ya no están. Tampoco deberíamos ver las deprimentes restos de márgenes caídos o cabañas en ruinas. No podemos conformarnos con un paisaje arrasado de caminos y costas xaragallats. Debemos mantener los espesos garrics y masas boscosas de los páramos, ricos de vida y de diversidad de nuestro término».

JAUME RAMON SOLÉ.

Comments are closed.